Por Tamara Peralta.
Vivía en San Andrés de Pica, en la región de Tarapacá junto a mi madre y mi hermano Luis. Era un conventillo en donde se podía observar la eterna pampa, el sol como única luz que resplandecía en el horizonte y las nubes que creaban arreboles de esperanza.
Luchín jugaba con tierra en el pasaje central. Me sonreía constantemente. Esperábamos con ansias que mi padre llegara a nuestro modesto hogar. Él cambiaba las fichas que recibía como sueldo en las salitreras; eso nos permitía ir a las pulperías y alimentar a mi hermanito, luego velábamos por nosotros, los adultos. Hace un tiempo atrás, todo prosperaba y eso nos hizo especular respecto al presente. Las salitreras daban un gran abasto en la economía nacional, lo cual permitía que las familias nortinas de clase obrera, viviéramos con lo necesario y algo más. Lamentablemente hoy, la situación era distinta. Luego de la Primera Guerra Mundial, los alemanes inventaron el salitre sintético y eso hizo que la producción nacional cayera abruptamente. Nuestra posterior condición social fue distinta a la que esperábamos. Hoy debíamos adaptarnos a la situación y prepararnos para una eventual caída.
El dinero escaseaba, al parecer el mundo entero estaba sumido en una tremenda crisis económica; al menos eso escuché por la radio. Mientras tanto estaba sentada, pensaba en mi padre y en un futuro no muy próspero.
Era una tarde soleada. La pampa era infinita e inmensa y yo en medio de la nada, esperando tan sólo vivir. El viento golpeó mi cara fuertemente y eso me hizo reaccionar.
Entonces desperté del silencio que me acorralaba y me dirigí hacia mi madre. La vi llorando. ¿Qué te pasa? Le pregunté. Ella me miró desconsolada. Sus ojos expresaban dolor y preocupación. Su boca estaba seca, su piel manchada por el sol, entonces me dijo; llegó una carta de tu padre. Me escribió desde la salitrera. Las exportaciones del salitre han disminuido y hubo una gran reducción del personal obrero, entre ellos, tu padre. Dice que no podrá venir por nosotras hasta un tiempo más, mientras tanto él verá cómo se las arreglará. La miré fijamente, entonces comprendí la situación. Vivíamos en condiciones precarias, mi padre era quien mantenía la familia, mi madre se preocupaba de criar a mi hermano y mantener en pie nuestro hogar. En aquel entonces las mujeres no podíamos pedir más. Prescindíamos de lo político y económico, de lo nacional en general. No éramos actores sociales, nuestra opinión importaba bien poco, no teníamos participación política y por ende nuestra condición en torno a lo social no era relevante. Mi hermanito, por otro lado, tenía tan sólo 1 año de vida e intentábamos conseguir la oportunidad de que éste fuera distinto a nosotros los obreros, pero con ésta noticia las cosas cambiaban radicalmente. Estábamos acabados.
Mi padre vivía en torno a la zona productora del salitre, La Palma. Él nos decía que su entorno no era apto para nuestra familia; abundaban los abusos y las meretrices. Es por esto que nos encontrábamos a una distancia prudente. Pero entonces, ¿Qué íbamos a hacer? Él estaba lejos y nosotras esperábamos su llegada. Era una injusticia. Luchábamos por mantenernos en pie, mientras que los ricos acumulaban riquezas gracias al trabajo de los pobres. Los ingleses habían sido unos oportunistas y gracias a ello hoy tenían pleno control de nuestro territorio. Paralelamente en Santiago y sectores aledaños a él, sufrían altercados políticos y sociales. Había una inestabilidad tremenda y eso generaba descontentos sociales, lo cual intensificaba las protestas y las huelgas. Por otro lado, estaba el gobierno, el cual no hacía más que reprimir las acciones y opiniones vertidas por la población, abusaban constantemente del poder y pasaban a llevar al individuo. Eso me parecía una infamia, una iniquidad en torno a aquellos que deseaban gobernarnos y entregarnos una supuesta mejoría, pero estaba claro, el hambre era de poder.
Hoy no teníamos esperanza alguna y estábamos recién empezando. Miraba mí alrededor, mi madre y su rostro cansado, intentaba parecer sensata ante nosotros pero estaba sin aguardo alguno. Mi hermano no merecía quedar sumido en pleno desierto sin más.
El conventillo estaba compuesto de una diversidad de personas, el hecho de que nuestras casas y nuestras vidas estuvieran a diario tan apegadas hacía la convivencia algo difícil, pero intentábamos hacer lo mejor posible. Mi madre prefería no vertir comentario alguno de nadie, pero no faltaban los rumores. Al final del pasaje vivía una familia de esas que tiene un mal vivir, eran 4 hermanas. Tenían mala reputación, las llamaban inmorales, pero desconocía el por qué. Al parecer contaban con dinero, se les veía bien vestidas y siempre con extranjeros.
Me encontraba atormentada y por ello decidí arrancar y caminé cerca de 20 minutos sin rumbo alguno. Entonces quise retornar a mi entorno habitual. Estaba preocupada, no sabía cómo enfrentar la situación. Era una chica de 16 años, me gustaba leer sobre personajes justicieros, novelas que aludieran a lo social y a nuestros derechos. En cuanto a lo físico, mi pelo era ondulado y largo, mis labios; carnosos y rojos. Mi tono de piel era mate, pero el sol me había vuelto morena. Mis ojos expresaban una inocencia salvaje, mi caminar era audaz y mi ritmo era acorde a las sensaciones que escaseaban en mí imaginación.
Pensaba en cómo seguir adelante y durante mi regreso tropecé con una de esas 4 mujeres. Era maciza, de senos grandes. Me dijo; tan linda y tan sola, creo haberte visto por el conventillo, mi nombre es Marta, ¿qué te pasa?
Necesitaba alguien en quien confiar, entonces, le conté. El silencio y su mirada penetraron en la mía, me compadeció y me dijo que me esperaba a las 10 de la noche al final del conventillo caminando hacia la costa. Esta mujer parecía preocupada, según mi opinión no era una mala persona, pero la gente era prejuiciosa. No lo pensé más y decidí asistir a ése encuentro.
Eran las 6 de la tarde. Volví a mi hogar, mi madre estaba dándole de comer a mi hermano. Me dirigí a mi dormitorio, conseguí un lavatorio, lavé mis manos y mi rostro. Luego comencé a cepillar mi cabello. Al cabo de un rato, esperé que mi madre se durmiera y entonces salí.
Faltaba media hora para el encuentro acordado con ésa mujer, esperaba su ayuda. Comencé a caminar hacia el lugar pactado y ahí la divisé a lo lejos. Apuré el paso y entonces la encontré. Ella estaba fumando y vestía ropas ajustadas a su figura. Dentro de su casa se sentían risotadas de mujeres y hombres.
Hola, le dije, aquí estoy. Me miró y me dijo; te tengo una propuesta. Es harta plata y podrás alimentar a tu familia, no necesitarás de tu padre. Acompáñame, te presentaré a unos hombres. Debes ser coqueta y beber lo que te den. Mientras tanto yo, desconcertada, asentí. Entré a la casa y me sentí observada, al instante se me acercó un hombre mayor, era extranjero, tenía unos hermosos ojos azules y me invitó a beber con él. Bebí cerca de 3 vasos, creo que de agua ardiente. Me sentí mareada, confundida y entonces caí. Al parecer el extranjero se encargó de mí, el trago me desinhibió y pasamos la noche juntos. Desperté al amanecer.
Estaba desnuda, la cama deshecha y sobre un velador un montón de billetes extranjeros, fichas y una nota. Ésta última decía “por una noche que jamás olvidaré. Thomas”
No entendía nada, el trago me hizo olvidar lo que había sucedido y no terminé muy bien. Histérica me dirigí hacia una de estas mujeres. Le pregunté a Marta qué había pasado, por qué tenía tanto dinero. Ella me dijo; tú necesitabas la plata y ahí está. Lo hiciste muy bien, el inglés quedó contento, quiere verte otra ves esta noche. Eres una puta en bruto, te vamos a pulir.
Salí corriendo de aquel lugar, me sentía sucia e inmoral, nosé con que cara miraría a mi madre, el tan solo hecho de pensar en ella y en mi padre me aterraba. Entonces apareció Marta e intentó tranquilizarme. Conversamos y finalmente accedí. No quería mirar atrás, no quería volver a la miseria. Tenía 16 años, mi familia era pobre, ¿Qué podía esperar de mi futuro? Y así, aquel momento se convirtió en el principio del fin.
Pasaron 3 años después de ese evento. Era abril de 1931. He sido una vil puta. Me convertí en una alcohólica para olvidar, abandoné a mi familia por necesidad y no fui capaz de retribuir aquello que me entregaron. No poseía valor alguno. Me sentía indecorosa, pero conseguí lo que quería; dinero. De alguna forma, debía seguir adelante.
Mis clientes en su mayoría, extranjeros, comentaban la crisis pasada de 1929 y cómo ésta había afectado a nuestro país. También hablaban de política, de los gobiernos de turno, cuál era el rol del estado en la economía. Estos asiduos eran los directivos de las empresas del salitre, tenían gran poder adquisitivo, tenían contactos en Europa y por lo mismo comentaban junto a unos tragos el acontecer seglar. Ellos pasaban gran parte de su tiempo en esta casa. Mientras yo los atendía, uno de ellos comentó que el gobierno actual de nuestro país tenía un gran nivel de endeudamiento público y una errada política monetaria frente a la crisis, lo cual llevaría a un colapso fiscal, productivo y financiero. Gran parte de la sociedad nortina no tenía en dónde alojar y es por ello que Ibáñez del Campo implementaría comités de ayuda a los cesantes afectados por la crisis. Hablaban también que el salitre había llegado a su fin y que los obreros pertenecientes a ésta área debían emigrar a zonas más centrales para trabajar la tierra en algún latifundio.
Entonces pensé en los míos y los interrumpí. Les pregunté si aquellas personas que conformaban el gobierno se instalarían con ollas comunes a repartir comida. Eso me hizo reflexionar en las condiciones socioeconómicas por las cuales estaba pasando mi familia y todos los obreros que habían quedado cesantes, ¿acaso emigrarían a Santiago o más al sur?
A la mañana siguiente, me levanté temprano y fui a ver qué pasaba mientras estábamos en el pleno auge de la crisis. Me cubrí el rostro y salí.
Pasé por mi antiguo hogar y noté la ausencia de población que alguna vez habitó ése lugar.
A lo lejos, vi una gran cantidad de personas enfiladas esperando por comida. A su vez divisé una mujer de pelo negro, su rostro estaba manchado por el sol y sostenía a un niño de al menos 3 años. Éste era moreno y estaba rechoncho. Sus rostros me parecían conocidos. Era mi madre y mi hermanito Luchín. Más adelante estaba mi padre, éste se veía cansado, los años lo tenían consumido. Él estaba recibiendo comida. Rápidamente me escondí cerca de unos sacos de caliche que habían por ahí, entonces pasó una señora de edad y le pregunté por las casitas que abundaban en esa zona, las que al parecer, estaban abandonadas. Me dijo que éstas habían sido quitadas por sus dueños y que el gobierno estaba preocupado de albergar a esas familias que no tenían dónde vivir o al menos enviarlos a cuevas aledañas a los cerros y edificar espontáneamente algún tipo de vivienda.
Me sentía devastada, pero no pensaba en mirar atrás. Decidí volver a la remolienda, pasé por mi antiguo hogar y recordé ésa tarde soleada, la pampa infinita e inmensa y yo en medio de la nada, esperando tan sólo vivir. Cerré mis ojos y nuevamente el viento golpeó mi cara fuertemente y eso me hizo reaccionar, pero esta vez, mi suerte había cambiado, el destino tenía escrito otro cuento para mí.